Los hay, los hay

31/03/2014

Miguel Ángel Quintanilla Navarro. Director de Publicaciones de la Fundación FAES

 

El texto que sigue fue enviado al diario El País, edición de Cataluña, el día 21 de marzo. El pasado día 26 desestimó su publicación:

El 21 de marzo, Joan B. Culla i Clará escribió en este diario un artículo titulado Etnicistas, en el que consideraba que un documento firmado por mí mismo y publicado en la serie “Análisis” de la Fundación FAES constituía un deslizamiento “por la pendiente del etnicismo” y una expresión de “tank” (entiendo que en su acepción de carro de combate, incorrecta) y no de “think”. Debo recordar que en él, titulado “¿Quién vive en Cataluña?”, se mostraba un hecho estadístico objetivo sin apenas más comentario: el Instituto Nacional de Estadística acredita que los apellidos más frecuentes de quienes viven en Cataluña son también los más frecuentes entre quienes viven en cualquier otra provincia española y, obviamente, en el conjunto de España.

No hay en el artículo de Culla i Clará una definición clara del concepto “etnicismo”, pero sí hay una definición aproximada que está recogida en esta frase: “En efecto, es etnicismo del más burdo suponer que, si los apellidos más comunes en Barcelona y en Madrid son los mismos, sus portadores deben compartir idénticos sentimientos de adscripción identitaria”.

Aceptando esa definición por aproximación al concepto de etnicismo, debo decir que estoy de acuerdo con Culla: suponer que porque una persona tenga un apellido podemos establecer lo que piensa sobre algo es absurdo, etnicismo burdo. Por eso yo no lo afirmo sino que lo rechazo. Como también pienso que es absurdo y lo rechazo creer –y forzar la imposición política de esa creencia por encima del derecho– que dos personas tengan que tener sentimientos de adscripción identitaria excluyentes e incompatibles por el hecho de vivir en Barcelona o en Madrid. Y esto es lo que afirma Culla y con él todo el secesionismo catalán. Y no lo afirman de Barcelona y de París, o de Barcelona y Londres, por ejemplo; no, sólo de Barcelona o cualquier otro lugar de Cataluña y de Madrid o cualquier otro lugar del resto de España. Esto sí es etnicismo. No creo que lo sea del más burdo, porque se me ocurre algún otro aún peor, pero se desliza hacia estos por la pendiente de la majadería.

En lo que creo que discrepamos Culla y yo no es en el rechazo al etnicismo que se apoya en los apellidos, que compartimos, sino en que yo rechazo ese etnicismo y todos los demás que se puedan concebir, y él no. Así pues, etnicistas los hay. Culla es uno de ellos.

Pero a su etnicismo el INE le ha creado un problema. Es decir, se lo ha creado la realidad de lo que la sociedad catalana es verdaderamente. Para afirmar que el secesionismo es mayoritario y transversal y dado que se ha demostrado que los apellidos “de inmigrantes” –según concepto suyo, ¿en qué generación se deja de ser inmigrante allí?– son predominantes en Cataluña, tiene que aceptar que éstos formen parte del “proceso nacional”. Porque, si no, las cuentas no salen “a priori”. Él piensa que yo afirmo que apellidarse García o Gómez vacuna contra el etnicismo, pero no es así. Por eso cree que me refuta –al INE– cuando dice que es posible ser etnicista y García a la vez. Ya sé que es posible. Pero yo además sé que no es necesario. Puestos a falsificar, igual puede falsificar un Culla que un López, pero nada obliga a un López o a un Culla –o a un Valls o a un Bau, por citar los apellidos que menciona en su artículo– a prestarse a la impostura que el nacionalismo promueve. Y de hecho, muchos no lo hacen.

Él es quien cree que ser catalán forja una identidad cerrada. Yo soy quien cree que ser catalán proporciona –para Culla y para López– un punto de partida y un patrimonio cultural abrumador, por su riqueza y por su profundidad, con el que forjarse una biografía propia que incluso un madrileño puede apreciar, compartir y defender. Algo hemos ganado con el INE: Culla acepta que los García pueden ser catalanes en el sentido que él otorga a esa palabra, aunque sólo sea porque si no, no salen las cuentas. Ahora falta que puedan ser catalanes en el sentido que la Unión Europea da a esa palabra.

Pero lo más relevante del artículo de Joan B. Culla i Clará viene ahora. Su gran problema es que envuelta en la sintomática brusquedad nerviosa que recorre el texto ha deslizado una cuestión de fondo que no se ve cómo pueda resolver. Dice: “La FAES y sus sesudos asesores acaban de descubrir que, entre 1890 y 1980 aproximadamente, Cataluña recibió casi dos millones de inmigrantes procedentes del resto del Estado. No es una primicia pero, de todos modos, ¡enhorabuena!”.

Dejemos de lado el estilo. Dejemos de lado incluso el porqué de esa migración. Vayamos a lo más importante: si los García llegaron a Cataluña a partir de 1890 y si al mismo tiempo la nación catalana es ancestral y va a conmemorar el 1714, entonces ¿exactamente qué están conmemorando los García y como parte de qué? No hay problema en aceptar que el apellido no impide la adscripción identitaria al etnicismo catalán. Al contrario, es un alivio saber que esa idea aún circula con cierta fluidez entre el nacionalismo. Pero me resisto –aquí sin duda aflora el tank que llevo dentro– a poner en cuestión que 1890 va después de 1714. Y mi think no da para entender que la identidad catalana de quienes llegaron en 1890 se pueda remontar hasta 1714 y no digamos a momentos anteriores.

Dicho de otra forma, Culla se ha emplazado públicamente, y si no lo emplazo yo, a aceptar una de estas dos cosas: o bien la nacionalidad catalana de la que forman parte los García se ha construido a partir de 1890 –y cómo y quién y porqué–, o bien, si es anterior, los García “se adscriben” pero no “son”. Y en este último caso, toda esta historia identitaria no sería más que una sofisticación alambicada, atorrante y con menos gracia del consabido “los de Bilbao nacemos donde nos da la gana”. O sea, un viejo chiste mutado en historia nacional.